Intenté juntarlas como pude. Hice lo imposible para que quedaran juntas. Pero nada parecía suficiente. Las giré hacia un lado y hacia otro, probé desde distintos ángulos, con diferentes materiales y estrategias. Un día me cansé y decidí llevarlas a un especialista de rompecabezas o algo por el estilo, seguro que un tercero me ayudaría con este gran problema. El especialista no pudo hacer mucho tampoco. Ambas se negaban totalmente a estar juntas.
Otro día probé con pegamento, pero eso fué peor que cualquier otra cosa. aHizo que se pelearan más todavía. Los métodos que había probado eran incalculables. Intenté hacerlas razonar, demostrarles mi enojo y mi fastidio, que con eso no ganaban nada; incluso probé con ignorarlas. Pero todas esas cosas no hacían más que empeorarlo todo.
Un día me cansé, y me cansé en serio. Decidí que ya no podía más con esa situación y que tenía que tomar un descanso. Junté mis cosas en una mochila y me fuí. Viajé en trenes, colectivos, taxis y bicicletas prestadas. Un día llegué. Y llegué para quedarme. Dispuse mis cosas a modo de campamento cerca de un arroyo y entre unos árboles que parecían paraguas enormes. Armé mi pequeña carpa y preparé todo. Pasé días y noches, aguanté la lluvia, el frío y el calor insoportables. Pero al fín estaba sola, tranquila y distante de aquellas dos.
Aquella mañana en la que me encontraron, estaba sentada junto a unas rocas mirando el paisaje. Me tomaron cada una de un hombro y me llevaron a casa. Como siempre, lo bueno me dura poco. Pero ya casi estaba acostumbrada, porque la mala suerte era mi pan de cada día. Estuvieron hablándome y haciéndome promesas estúpidas durante casi una semana. Todo aquello que hicieron fué en vano para mí. Yo sabía, desde el principio, que esas dos piezas de rompecabezas nunca se iban a colocar en su lugar.
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